En Puebla, hablar de personas en desaparición no es una abstracción ni una estadística fría.
Es una herida abierta que atraviesa familias, comunidades y conciencias.
Por eso, cada caso que se denuncia moviliza emociones legítimas: miedo, angustia, solidaridad.
Sin embargo, cuando una desaparición resulta no serlo, el daño no termina con la localización de la persona; ahí apenas comienza otro tipo de afectación, mucho más profunda y colectiva.
El caso de Lidya Valdivia Juárez es un ejemplo lamentable. Durante días, su nombre circuló como el de una mujer desaparecida en situación de riesgo.
Familiares, en un acto desesperado, cerraron la avenida Puebla–Orizaba, exigiendo la intervención de las autoridades.
La presión social creció a partir de una narrativa alarmante: Lidya habría engañado a su familia asegurando que estaba embarazada y que era perseguida.
La angustia fue real para quienes la buscaban.
No obstante, el último testimonio de su esposo terminó por desmoronar la versión inicial.
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Lidya fue localizada y se confirmó que su ausencia fue por voluntad propia.
No hubo secuestro, no hubo persecución, no hubo embarazo, no hubo peligro inminente.
Lo que sí hubo fue una simulación que arrastró recursos, tiempo, atención pública y, sobre todo, credibilidad.
Este no es un hecho aislado.
En Puebla, en más de una ocasión vialidades importantes han sido cerradas por familiares que exigen la aparición de un ser querido.
En varios de esos episodios, tras la presión social y mediática, las personas se localizaron y se descubrió que se habían ausentado voluntariamente.
EROSIÓN DE LA CONFIANZA SOCIAL
La consecuencia más grave es que se erosiona la confianza social.
Se pone en duda el testimonio de las familias que sí viven una tragedia real.
Genera escepticismo donde debería haber empatía.
Siembra la sospecha en un país y un estado donde miles de mujeres continúan desaparecidas, muchas de ellas en contextos de violencia extrema.
Porque mientras algunos casos terminan en desmentidos, hay madres, padres, esposos e hijos que padecen en lo más profundo de su alma la ausencia de sus seres queridos.
La simulación no es un error menor: le resta fuerza a las historias verdaderas, debilita la exigencia legítima de justicia y distrae la atención de autoridades ya rebasadas.
Hablar de personas desaparecidas exige seriedad. Porque cada mentira pesa, pero cada ausencia real pesa mucho más.

