La semana pasada, una noticia sacudió —una vez más— a la sociedad de Puebla. Elías, un niño de apenas ocho años, recibió el impacto de una bala perdida mientras viajaba en un vehículo conducido por su madre sobre el Periférico Ecológico, a la altura de Camino Real.
Un trayecto cotidiano, una escena común, interrumpida brutalmente por la violencia que parece haberse normalizado en nuestras vialidades.
Lo más alarmante es que este no es un hecho aislado.
La memoria reciente nos obliga a recordar que en enero de 2022, una mujer que viajaba a bordo de un camión Malacatepec murió por una bala peridida en la Vía Atlixcayotl a la altura de Solesta.
#Terrible | Una bala perdida le quitó la vida a una mujer que viajaba a bordo del transporte público en la Vía Atlixcáyotl. #Puebla pic.twitter.com/y9amwdj0Oc
— Juan Carlos Valerio (@JCarlos_Valerio) January 20, 2022
Mientras que en noviembre de 2023 un conductor de la Ruta Azteca perdió la vida tras ser alcanzado por otro proyectil en la misma zona.
Un trabajador que cumplía con su jornada diaria y que jamás regresó a casa.
En el mismo mes otro episodio estremeció a Puebla: un hombre falleció también a consecuencia de una bala perdida afuera de la Torre Inxignia.
Leopoldo era un trabajador de la construcción de la torre de 47 pisos, quien se desplomó tras ser impactado por un proyectil.
A estos casos se suman reportes ciudadanos que han llegado a Alcance Diario, donde se señala que hechos similares se han registrado recientemente en la zona de la Vía Atlixcáyotl, a la altura de La Vista.
Testimonios que reflejan una realidad persistente: el miedo cotidiano de transitar por calles que deberían ser seguras.
Las preguntas son inevitables
¿Cuántas tragedias más necesitamos para que se actúe con firmeza?
¿Cuántos nombres, cuántas familias rotas, cuántos niños heridos o trabajadores asesinados deben sumarse a la estadística antes de que la autoridad asuma la dimensión del problema?
Como sociedad estamos saturados de noticias que conmocionan, de tragedias que duran un par de días en la conversación pública y luego se diluyen sin consecuencias visibles.
Pero para quienes pierden a un ser querido, para quienes cargan con una herida física o emocional, el impacto es permanente.
Es urgente que se redoblen las acciones de seguridad, que se investigue a fondo el origen de estos disparos.
Que se refuercen los operativos en zonas identificadas como focos rojos y que se transparenten los resultados.
¿Por qué hemos permitido que la violencia se vuelva parte del paisaje urbano?
Puebla no puede resignarse a vivir entre balas perdidas y responsabilidades diluidas.

