A mis ahijados de la Técnica No. 110 de Santa María Malacatepec:
En un mundo que privatiza el conocimiento, hacer accesible el arte y la cultura es un acto revolucionario,cuyo objetivo es resistir los embates del actual sistema económico.
“Divulgar la cultura es defender la patria” no es un eslogan. Es una trinchera. En un país donde el acceso al arte y al pensamiento crítico ha sido históricamente secuestrado por las élites, esta consigna —adoptada por una generación de jóvenes graduados— es un manifiesto político. Porque la cultura, lejos de ser un adorno, es el oxígeno de la libertad.
El maestro Aquiles Córdova Morán lo dijo con claridad: “El arte y la cultura no son adornos; son armas ideológicas en la lucha por transformar al hombre y a la sociedad”. Esta frase, que podría parecer hiperbólica en otros contextos, hoy es literal. En México, donde el 23.5% de la población adulta no sabe leer ni escribir (INEGI, 2023) y donde las clases dominantes han tratado por siglos de reducir la cultura a espectáculo o privilegio, democratizarla es un acto de justicia social.
El Movimiento Antorchista lo entendió hace décadas. Sus batallas por llevar talleres, bibliotecas y escuelas a las comunidades marginadas no son caridad: son actos de descolonización. Porque un pueblo sin acceso a la cultura es un pueblo sin herramientas para cuestionar, sin memoria para resistir, sin imaginación para construir alternativas.
A los graduados les digo: este diploma no es un trofeo, sino un compromiso. El mundo no necesita más profesionistas que reproduzcan el sistema; necesita jóvenes que, como ustedes, lleven en su generación un nombre-programa: Divulgar, no solo consumir cultura y defender, no solo habitar la patria.
Les han enseñado ecuaciones y reglas gramaticales, pero hoy les pido algo más subversivo: no normalicen la injusticia. Cuando un niño en Oaxaca abandona la escuela para trabajar en el campo, cuando una joven en Neza no tiene acceso a un libro de poesía, cuando el gobierno recorta presupuestos a las artes para financiar megaproyectos, ahí —justo ahí— su generación debe actuar.
Hoy celebran, pero mañana empieza lo importante, sean incómodos; la cultura que transforma no es la que entretiene, sino la que interroga. Conviertan el conocimiento en acción; un verso, una pintura o una ecuación pueden ser semillas de organización popular. Recuerden su origen: En un país donde el 62% de los municipios no tiene un centro cultural (Secretaría de Cultura, 2024), llevar el arte a las calles es un deber ético.
“Despierta, juventud”, escribió el poeta. Y hoy esa juventud despierta tiene nombre: una generación que lleva en su título la tarea más urgente. No defiendan la patria con discursos: háganlo llenando bibliotecas, multiplicando talleres, arrancando la cultura de las manos de los monopolios.
Que dentro de años, cuando miren atrás, puedan decir: “Nos dijeron que éramos el futuro, pero elegimos ser el presente”.
Por: Isabel Montes Cabrera

