Vaya panorama político-electoral que están por enfrentar los estadounidenses en noviembre próximo, donde la figura central es el mandatario Donald Trump, quien está buscando por todos los medios que los republicanos retengan la Cámara de Representantes – equivalente a la Cámara de Diputados en México-, pese a que el 73 por ciento de la población lo reprueba.
Trump alcanzó mínimos históricos en la encuesta publicada por la cadena CNN donde sale reprobado en todos los temas, desde manejo de la guerra al de la economía y migración.
El 65 por ciento de la población cree que las políticas de Trump han empeorado la situación económica del país.
Y para el 67 por ciento las acciones militares en Irán han afectado a Estados Unidos.
Incluso, en su Partido Republicano su aprobación ha caído a un mínimo del 22 por ciento, y el 78 por ciento lo rechaza.
Escenario que se concatena con las elecciones de noviembre 2026, donde Trump golpea el sistema electoral con denuncias de fraude que no ha podido probar y que analistas desmienten.
Además, ahora deja a Rusia fuera de los señalamientos para acusar a China.
Para los expertos, podría allanar el camino para declarar fraudulentos los comicios de noviembre próximo, o los de 2028, la Elección Presidencial.
Mientras la oposición responde con datos y argumentos, Trump ofrece un relato. Uno que divide el mundo entre élites y ciudadanos, entre patriotas y enemigos, entre quienes recuperarán el país y quienes supuestamente lo amenazan.
Las narrativas no sólo explican la realidad, también organizan las emociones y construyen identidad.
En ese vacío, la prensa ha terminado funcionando como el principal muro de contención. El periodismo puede investigar, revelar abusos y verificar hechos, pero no puede reemplazar a la oposición.
Cuando los medios se convierten en el adversario más visible del poder, se vuelven el blanco perfecto para quienes buscan desacreditarlos y reforzar la idea de que existe una élite empeñada en perseguirlos.
En una democracia, el periodismo debe fiscalizar al poder; la oposición debe ofrecer alternativas.
Cuando esas funciones se confunden, no sólo se debilita el debate. También se fortalece el relato de quienes han entendido que antes de ganar una elección… hay que ganar la conversación, apunta la analista internacional Scarlett Limón Crump en un artículo para El Universal.
INSTITUCIONES DEBEN SUPEDITARSE A LA VOLUNTAD DE TRUMP…
La experiencia de 2020 demuestra que no se necesita ganar en tribunales para que una estrategia sea efectiva, le basta con erosionar la confianza ciudadana en las elecciones. Y cuando la desconfianza se convierte en herramienta política, la principal víctima es la democracia.
Estados Unidos no fue diseñado para maximizar la democracia, sino para garantizar la supervivencia de la República. Eso explica buena parte de las instituciones que distinguen a su sistema político.
Pero, a 250 años de la independencia, la primera democracia presidencial del mundo conserva, con apenas 27 enmiendas, la Constitución escrita más antigua aún en vigor.
La interrogante es si el diseño que le dio esa extraordinaria estabilidad continúa respondiendo a las exigencias democráticas, expone Jesús Isaac Flores Castillo, miembro del Servicio Exterior Mexicano.
TRUMP BUSCA SOCAVAR SISTEMA ELECTORAL
Donald Trump pretende “salvar a EU” y a su sistema electoral a través de la Ley SAVE America. Y su estrategia se basa en ejercer presión hacia John Thune, líder Republicano del Senado, para que cancele el receso de agosto y pueda parar el filibusterismo.
Thune reconoce que obtener la mayoría no es una realidad legítima posible. Trump busca proyectar una inestabilidad electoral atribuida al partido de oposición, insistiendo en que las elecciones dependen de la ley para evitar fraude electoral. Mientras que ninguna investigación independiente, hasta ahora, ha sostenido las acusaciones de fraude, sí le ha servido para presionar al Congreso y avivar la conversación.
Denunciar fraude proyecta una conveniente inseguridad dentro de Estados Unidos y estigmatiza a actores que atentan contra la victoria republicana en noviembre.
Trump, instrumentalizando la democracia, sienta las bases para socavar el sistema electoral y oponerse a resultados adversos a su proyecto, antes de que se emita un solo voto, señala Emiliano Hinojosa Ponce, internacionalista.
La democracia en Estados Unidos atraviesa un momento de tensión. Es significativo por tratarse de un país que ayudó a consolidar –y en ocasiones a imponer- la democracia constitucional, la división de poderes y las libertades civiles como modelo internacional.
Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha confrontado a las instituciones que limitan el poder presidencial. Sus ataques al Poder Judicial, el debilitamiento de agencias federales y la presión sobre organismos independientes, como la Reserva Federal y la Comisión Federal de Comercio, reflejan su idea de que estos deben supeditarse a la voluntad del gobernante.
La democracia no depende sólo de las elecciones. Requiere tribunales independientes, instituciones sólidas, libertad de prensa y respeto al Estado de Derecho.
Cuando un gobernante convierte estos contrapesos en enemigos, no fortalece al Estado, al contrario debilita la democracia y perjudica a la población, subraya José Joel Peña Llanes, Doctor en Derecho.
Ahí queda plasmado el panorama político-electoral que está por enfrentar Estados Unidos en la elección de noviembre 2026, y lo que se avecina para 2028, cuando se realice la elección presidencial, donde Trump visualiza que irá por un tercer mandato a la Casa Blanca.
Más la ley estadounidense es clara: permite solo una elección y una reelección.
Al tiempo.

