Cuando buscamos lo que denominamos “ayuda profesional” indagamos hasta debajo de las piedras para dar con los títulos nobiliarios de la persona elegida. Títulos nobiliarios que en la actualidad se representan por licenciaturas, maestrías, doctorados, diplomados especializaciones, conferencias, artículos y libros publicados.
Estos papales que son emitidos por un tercero, supuestamente imparcial, avalan que el beneficiado sabe. Sabe algo (mucho) con relación a la profesión para la cual tiene una licencia de trabajo. Y desde luego que nosotros como contratantes de sus servicios profesionales esperamos que ponga todo ese saber en nuestro beneficio para resolver el problema que nos aqueja.
Además, ese saber no se adquirió de la noche a la mañana, sino que es el resultado de años y años de estudio, de desvelo, de lecturas de libros, de confrontarse con pares para que puedan avalar o rechazar ese saber. Y eso nos da confianza.
¿Podríamos pensar que debemos emplear este mismo protocolo para los procesos de cura psicológica?
Veamos una viñeta clínica.
Un paciente acude a mi consultorio porque después de años de tratamiento médico no ha conseguido solucionar sus problemas gastrointestinales. Ha probado de todo. Fibras, pastillas, ejercicio, frutas, y nada le funciona. Sospecha, en parte porque también los médicos en las revisiones y decenas de estudios que le han mandado a hacer no detectan nada “extraño” o “raro”, que lo suyo podría ser mental.
Así que decide iniciar conmigo su proceso. Al principio de las consultas lo que dice tiene todo o casi todo que ver con el síntoma. Sus problemas digestivos y cómo eso le afecta lo mismo en su trabajo que en su posibilidad de relacionarse amorosamente. Sin contar que le hace ponerse de malas todo el día y nadie comprende que su mal-estar es precisamente por su “malestar” estomacal. El mundo está en contra suya.
Al cabo de las sesiones el discurso va cambiando, ya no me habla tanto a mi como su “terapeuta”, sino que comienza a entender que las quejas, las demandas que yo no le resuelvo con una palabra mágica que le devuelva el correcto funcionamiento de su aparato digestivo, no van dirigidas a mi como profesional de la salud mental, sino que tienen como remitente alguien más.
Llega un día a consulta y dice que tiene en puerta un viaje a Paris. Claro él no lo puede pagar, porque dura muy poco en sus trabajos y “a duras penas” le alcanza para pagar sus consultas. Pero quienes sí pueden solventarle sus gastos son las tías con las que vive. Pero no directamente con ella, no vaya a creer, me dice, sino que habito un pequeño departamento que está dentro de su casa, y bueno, claro, de vez en cuando o casi todos los días como y ceno con ellas, porque están tan solas y necesitan de mi compañía; no es que me aproveche de su situación, lo que pasa es que desde chiquito…
Claro, podría ser el momento justo en el que un saber científico me pueda impulsar a realizar una intervención que pudiera conectar su síntoma con un origen. Las causas con los efectos. El viaje que planea hacer con su manera de (mal)estar en la vida. Porque eso he aprendido a lo largo de lo años, de las lecturas, de los estudios.
Pero no. Justamente es el momento en el que debo callar mi saber para permitir que el saber del paciente que se está manifestando y que se enfrenta a las resistencias de la justificación, de la moral y del asco, puedan aflorar y dar una primavera a su sentir de vida diferente al que ha transitado en todos estos años. Puedo decir en este momento que mi saber no importa, el saber que importa en la clínica psicoanalítica es el del paciente. Con ese, y desde ese, es que trabajamos.

