En la cultura popular es muy recurrente acudir a la exitosa serie de los Simpsons para decir medio en broma medio en serio, que sus apuestas filosóficas son una especie de adivinatorio. Hay quienes se dedican (no como tarea exclusiva quiero creer) a buscar las coincidencias entre eventos de la vida real con fragmentos de algún episodio de la caricatura.

En las predicciones de los Simpsons encontramos vaticinios paródicos como el ataque a las Torres Gemelas, la elección como presidente del magnate Donald Trump o bien la lesión teatral de Neymar en el Mundial de 2014. Claro que a partir de esto hay decenas de otros anuncios del futuro que resultan más forzados y podrían rayar hasta en lo paranoico, entendida la paranoia como el hecho de que todos los eventos carecen de algún carácter fortuito y todos sustentan una idea preconcebida como verdad.

Bueno unas y otras apuestas de lectura del porvenir acaban con la que ya se ha vuelto una icónica frase: “los Simpsons lo volvieron a hacer”.

En esta ocasión quiero emplear una viñeta de las tantas que nos regala la serie animada para hablar de lo que me compete, la psique y el malestar en la cultura.

En el episodio 142 titulado “Scenes From The Class Struggle in Springfield” (Escenas de la lucha de clases en Springfield), la familia pierde su televisor debido a que el abuelo lo intentó arreglar, pero al final lo deja inservible. Con esa descompostura a cuestas van en busca de un nuevo aparato que es el único que logra mantener unida a la familia. En la tienda Marge encuentra en rebaja un traje Chanel rosa, similar al que usó Jackie Kennedy el día en que fue asesinado. Originalmente costaba 800 dólares, pero logra comprarlo por 90.

Para estrenarlo Marge va al supermercado, en donde una vieja compañera de escuela la reconoce, no por su peculiar cabellera erecta, sino por el traje. La vestimenta es su puerta de entrada para que ella y su familia sean aceptados en un exclusivo club de golf. A partir de ese momento Marge entra en una carrera desaforada por mantener el imaginario que la prenda le permite, así que le hace tanto remiendo y tanta adecuación para que pueda parecer distinto, pero ser el mismo, hasta que al final el traje acaba hecho girones.

Con esta línea discursiva que nos presenta la guionista (apunte al margen fue el primer capítulo escrito y dirigido por mujeres), quiero trabajar parte del Yo y lo que hacen las terapias psi que buscan su apuntalamiento.

El Yo es una imagen que el otro nos devuelve y por eso puede convertirse en un “nosotros mismos”. Así en plural. Es decir, en ese lugar que llamamos Yo confluyen lo que los otros creen que somos con lo que pienso que soy, debería ser o podría ser. El Yo no es singular, el Yo es plural.

Como cuando la amiga reconoce a Marge en el supermercado, no es que esté recordando a su vieja amiga de la escuela, sino que re-conoce el famoso vestido y se identifica con quién lo trae como alguien que debe ser igual que ella. Marge ve que en ese re-conocimiento se cumple algo del ideal del Yo que seguramente por años ha querido conseguir. Esto es lo que los tiranos de la felicidad llaman “la mejor versión de ti”.

Ahora bien, esa imagen como todas las imágenes en tanto falsas, perduran lo que dure la luz que se proyecta sobre ellas. Pensemos esto con los egipcios, ellos creían que de nuestros ojos salía una luz de una vela que iluminaba los objetos y eso nos permitía verlos. Entonces este ideal del Yo deja de operar cuando la cera al fin se ha consumido. Por eso es que Marge se ve orillada a hacer estos ajustes a su traje para que pueda mantener una mirada, una vela en los ojos de los otros que le permita ser vista, hasta que esto acaba por ser insostenible, porque emerge aquello que los otros (nosotros mismos) no quieren ver.

Más o menos esta es una razón por las que las personas llegan a una consulta psicológica. Su Yo que era aceptado por otros, por nosotros, no lo es más, ha dejado de ser admirado y admirable. Los retazos que quedan no alcanzan a cubrir eso que no se quiere dejar salir, pero que a fuerza de existir busca la manera de manifestarse sueños, lapsus, olvidos, y desde luego en las terribles enfermedades del cuerpo y del alma.

Quienes se dedican a la terapia psi para restaurar el Yo, se encargarán de confeccionar trajes sastres como el de Marge en donde su paciente y su entorno puedan reconocerse, identificarse como en un lugar agradable. Esto es vendible porque agrada, pero al igual que en el capítulo de la lucha de clases, al final nos volveremos a quedar en girones. Y ahí es donde el psicoanálisis adquiere relevancia en la curandería de esos restos, no en la confección de vestidos a la medida.