El sábado 6 de marzo del 2022 el deporte de México fue marcado por un acto de violencia en el partido de futbol de la Liga MX, donde se enfrentaron los Gallos Blancos de Querétaro contra el Atlas de Guadalajara. Un enfrentamiento entre las porras de ambos equipos escaló a tal grado que el partido tuvo que ser suspendido y los asistentes entraron al campo de juego para poder refugiarse de los hechos vandálicos que se cometían en las gradas.
Los primeros informes y noticias hablaban de un saldo de 17 muertos más heridos, pero conforme pasaron las horas se habló sólo de personas heridas y ni un deceso, contradiciendo la información de redes sociales, de testimonios de personas que estuvieron dentro del estadio La Corregidora y presenciaron los actos de violencia, cuando vimos por las mismas noticias cuerpos de hinchas inmóviles en el suelo después de la brutal golpiza que recibieron.
En redes sociales no se hizo esperar la desaprobación de tales actos por parte de la sociedad y la comunidad que está cansada e inconforme de que las autoridades no hagan nada al respecto y muchas sugerencias de castigo aparecieron como reprimenda contra lo sucedido entre los cuales destacaron el desafiliar al equipo de Querétaro, cancelar la Liga MX, hasta el pedir a la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) retirara la sede a México del mundial 2026.
Pero estos episodios no son la primera vez que pasan en el futbol mexicano, como lo pudimos ver en el 2018 previo al partido de Tigres y Rayados, las barras de los dos equipos se enfrentaron en calles aledañas al Estadio Universitario, donde un aficionado resultó con herida de arma punzocortante y contusiones que pusieron en riesgo su vida.
En cualquier caso culparon al futbol como tal, ¿pero es esto verdad? Culpar al deporte en si no tendría sentido alguno, pues todo deporte incluye disciplina, trabajo, esfuerzo y preparación por parte de quien lo practica. Culpar al soccer como deporte sería igual que culpar a la los refrescos por la diabetes y la obesidad, cuando la verdad para que un refresco haga daño debe ser consumido: las personas tomas la decisión de consumir o no y está en su responsabilidad. En el caso del soccer, no es tema de deporte sino de las personas que al él asisten.
Creo que ser admirador de un deporte es sano, da motivación y nos hace sentir parte de una comunidad más grande e importante; sin embargo, la delgada línea entre ser admirador a ser un fanático es muy delgada. Uno apoya, pero puede aceptar que a veces se gana y a veces se pierde; el fanático por otro lado, según definición de la Real Academia de la Lengua (RAE), es una persona preocupada o entusiasmada exageradamente por algo, es una persona que poco entiende de razón y es poco flexible en su proceder.
Pero bien, no sólo tenemos que poner el ojo en los fanáticos extremistas que no pueden gestionar sus emociones de manera correcta, sino también en las instituciones que prefieren el negocio y la entrada del dinero a brindar la seguridad a los asistentes (motivo de sus ingresos), y es que un club como lo es Gallos Blancos de Querétaro con un valor en el mercado de 23,70 millones de euros según cifras de Transfermarket, si bien no representa uno de los ingresos más fuertes de la Liga MX es un negocio, pues al final cuenta con patrocinadores como Pedigree, Caja Morelia Valladolid, Sayer, Sisnova, entre otros.
Considero que las instituciones no entenderán, ni darán garantía de seguridad mientras las personas sigamos consumiendo esa calidad de entretenimiento y de eventos deportivos, pues tomando nuevamente el ejemplo del refresco sabemos que hay deficiencias de seguridad, de instalaciones, irregularidades en precios, pero es decisión nuestra el consumirlos o exigir condiciones diferentes, pues a final de cuentas los que pagamos somos nosotros los asistentes.
En cuanto a las personas, urge comenzar a trabajar con las nuevas generaciones y las actuales el tema de la conducta deportiva, enseñarnos que perder no es malo, sino es una oportunidad para prepararnos mejor, felicitar al que nos ganó; que debemos enseñar y aprender a gestionar nuestras emociones, expresarlas, demostrarlas antes que se vuelva una olla exprés que, a la primera provocación, explota generando daños y catástrofe en los que están alrededor.

