El mundo vuelve a ser testigo de una de las mayores tragedias humanas de nuestra época: la masacre del pueblo palestino a manos del Estado de Israel. Lo que ocurre hoy en Gaza no puede llamarse “guerra” ni “conflicto armado”; es, en toda regla, un genocidio planificado, un exterminio sistemático contra un pueblo que solo exige su derecho a existir, a vivir con dignidad en su propia tierra. Miles de niños, mujeres y ancianos han muerto bajo los bombardeos, y cientos de miles más sufren hambre, sed y enfermedades ante la mirada cómplice de las grandes potencias que presumen de democráticas y civilizadas.
El pueblo palestino resiste como puede, rodeado de ruinas y dolor, mientras el gobierno israelí, amparado en el discurso de la “defensa propia”, ejecuta crímenes atroces que la humanidad no puede seguir tolerando. Pero esta barbarie no sería posible sin el respaldo incondicional del imperialismo norteamericano, principal promotor y protector del Estado de Israel. Desde hace décadas, Washington ha convertido a Israel en su brazo armado en Medio Oriente, en un instrumento para garantizar el control económico, político y militar sobre una región estratégica y rica en recursos naturales.
Estados Unidos, con su poderío económico y mediático, pretende justificar lo injustificable: que los bombardeos sobre hospitales, escuelas y campos de refugiados son parte de una “lucha contra el terrorismo”. Pero el verdadero terror proviene de quienes lanzan misiles desde los cielos, de quienes bloquean la entrada de agua y alimentos a millones de personas, de quienes destruyen una nación entera para mantener los privilegios de unos pocos. Esa es la cara más cruel del capitalismo imperialista: la que pone las ganancias por encima de la vida humana.
A la par de esta tragedia, el mundo asiste atónito a una nueva muestra de hipocresía internacional: María Corina Machado Parisca, opositora al gobierno de Nicolas Maduro y aliada de los Estados Unidos, acaba de ser galardonada con el Premio Nobel de la Paz. Resulta absurdo y profundamente incongruente que una persona que ha manifestado públicamente su apoyo al Estado de Israel —responsable directo de esta masacre— sea reconocida con un premio que, en teoría, debería enaltecer la lucha por la justicia y la defensa de los pueblos oprimidos.
Con casos como este, los Premios Nobel de la Paz han perdido por completo su sentido. Lo que alguna vez fue un reconocimiento moral se ha transformado en un instrumento político del imperialismo occidental, una medalla que se otorga a quienes sirven fielmente a los intereses de Estados Unidos y sus aliados. No es un premio a la paz, sino a la sumisión. No premian a quienes luchan por liberar a sus pueblos, sino a quienes se pliegan a las órdenes del capital extranjero.
Ante este panorama, es urgente preguntarse: ¿cuánto tiempo más soportará la humanidad los abusos de un sistema económico que solo produce guerras, desigualdad y miseria? La masacre en Palestina no es un hecho aislado, sino una expresión brutal de un orden mundial basado en la explotación y el dominio. Mientras el capitalismo siga gobernando el planeta, los pueblos seguirán pagando con sangre las ambiciones de unos cuantos.
La verdadera paz no vendrá de los discursos vacíos ni de los premios hipócritas; vendrá del cambio profundo de este sistema económico injusto. Y ese cambio debe comenzar desde abajo, con la organización, la conciencia y la lucha de los pueblos. México no puede ser la excepción. Nuestro país también sufre las consecuencias del modelo neoliberal: pobreza, desigualdad, desempleo, violencia y abandono del campo. Si aspiramos a un mundo distinto, debemos empezar por transformar nuestra propia realidad, por construir una economía al servicio de las mayorías y no de los monopolios.
En medio de tanta manipulación mediática, hay una organización en México que no se deja engañar y que observa los acontecimientos internacionales con una mirada crítica y objetiva: el Movimiento Antorchista Nacional. Antorcha no se deja arrastrar por la corriente del pensamiento dominante; al contrario, analiza las causas profundas de los problemas y propone una salida real: organizarse, educarse y luchar. Esa es la única vía para cambiar el destino de los pueblos, no solo en México, sino en todo el mundo.
El Movimiento Antorchista ha demostrado, con su trabajo en las colonias, en el campo, en las escuelas y en las universidades, que solo el pueblo organizado puede defender sus derechos. Y esa misma verdad se aplica hoy al pueblo palestino: solo la unión y la conciencia de las masas podrán frenar el genocidio y construir una verdadera paz basada en la justicia y la igualdad.
La sangre que se derrama en Gaza no debe ser en vano. Debe servir como un llamado urgente a despertar, a dejar la indiferencia y a entender que todos formamos parte de una misma lucha. Mientras el imperialismo y el capitalismosigan dominando el mundo, la paz será una palabra vacía. Pero si los pueblos se levantan, si se organizan y se educan, entonces la esperanza puede renacer.
Noelia Calixto

