La entrega pasada les comentaba sobre las personas que justo cuando deciden ir a terapia porque su mundo está al borde del colapso o francamente derrumbado, resulta que no tienen recursos económicos para solventar las consultas. Sí, en plural, hay que decirlo con todas sus letras, son consultas, no es una, tienen por fuerza que ser varias.

Ahora vayamos con aquellos que dicen no tener tiempo, pero sí intención, ganas, deseos, de ir a un proceso psicológico para tratar de poner orden a una vida que están viendo se les va al abismo y saben que se les acaba el tiempo, justamente ese que dicen no tener, para tratar de hacer algo trascendente con su estar, su existir.

Por estas demandas del mercado, de las cuales la psicología es responsable y víctima a la vez, se han inventado una serie de intervenciones psicológicas para gente ocupada. La más común, y no, no estoy hablando de los 7 segundos en TikTok de un psicólogo influencer o las postales de otra psicóloga en Instagram, no de ellos quizá hablemos después. De lo que hablo es de una estrategia de intervención que se alienta desde las Universidades, los centros de trabajo, y desde luego las dependencias públicas que dicen ofrecer ayuda psicológica. Se trata de las terapias breves, terapia por objetivos.

Estas prácticas podríamos pensarlas como una suerte de pedagogía disfrazada. Vamos a mandar al nuevo perrito con el entrenador por tres semanas para que deje de hacerse sobre los muebles. Así me suena cada que alguien dice que busca una terapia por objetivos. Hay que entrenarse, hay que ejercitarse, hay que hacer repeticiones como en el gym, para moldear la psique.

Desde luego que estas “técnicas” se sustentan por aquellos que piensan que el estudio de la psicología es la conducta observable. Todas aquellas manifestaciones del comportamiento decimos -desde esta manera de concebir a la psique- que son susceptibles de modificarse a través de la psicología. 

Así, se nos ha hecho creer que si un estudiante saca 10 en una prueba es porque es estudioso, está bien preparado, es inteligente. Si un producto logra aumentar sus ventas gracias a una campaña mercadológica, decimos que esta ha sido exitosa, que hay buenos publicistas, buenos diseñadores. Si el perrito al fin hace fuera de la casa, entonces fue un buen entrenamiento. Sin embargo, es muy difícil saber si en verdad ese estudiante que obtuvo 10 se apropió del conocimiento que su calificación jura que tiene. O lo complicado para una agencia que sería no solo mostrar sino demostrar que un color, una canción, una palabra, fueron los que llevaron a más gente a comprar ese producto. Y bueno del perrito mejor ni hablamos.

La terapia psicológica por objetivos es como la prístina idea de aquel que quiere bajar 20 kilos para entrar en el traje porque tiene una boda y acude con un nutriólogo. El problema es que la celebración es en una semana.

Ahora bien, crear terapias psicológicas para gente ocupada, que no tiene tiempo, es un contrasentido, porque precisamente estar en un proceso como tal implica la suspensión del tiempo, reconocer que el tiempo no existe, que de lo que nos hemos vuelto esclavos es del reloj y su dictadura de producción.

Entrar a terapia es para aquel al que el tiempo se le suspendió, se le congeló, dejó de ser y de significar. Y necesita buscar en su tiempo y a su tiempo una resignificación que le haga darle a la vida un sentido o varios sentidos, más allá del simplemente estar arrojados al mundo respondiendo sus demandas de optimizar el tiempo.