Luis Leal- Diarios de Cuarentena

Era un domingo común y corriente, los niños disfrutaban de esas merecidas vacaciones después de pasar meses en las aulas tratando de recuperar lo que la pandemia se llevó. Familias comían juntas para celebrar la resurrección de su mesías conforme a la tradición cristiana. Mientras tanto en la cámara de diputados se preparaban los discursos de batalla y arengas de un bando contra otro por la ahora tan infame y célebre Reforma Energética de López Obrador. 

Esta batalla dentro de la Cámara de Diputados se deslumbraba para ser considerada la batalla principal del presidente de la República en contra de las malvadas trasnacionales por el control de la energía de nuestro país. Sin embargo, y a pesar de que analistas, pseudo-periodistas y académicos de colores guindas han calificado al presidente como un “animal político” no podrían estar más equivocados en este momento. La realidad es que el presidente falló en su cálculo, como en otros proyectos y efectivamente, esta batalla marcó el fin de su sexenio y de su autodenominada transformación. 

Lo que se suscitó el pasado domingo en la cámara de diputados tuvo implicaciones mayores tanto para el presidente como para la oposición. Primera, por muy improbable que parecía hace meses, pero se demostró que existe oposición. Después de estar perdida lamiéndose las heridas de guerra, de haber perdido a miles de miembros de sus filas que por conveniencia política y de disputarse el cascajo de sus respectivos partidos, la oposición tuvo un momento de lucidez para demostrar que aún existe y va a estar en boca de todos por lo menos unos meses. 

Segunda, el presidente perdió capacidad de influenciar a los legisladores de oposición, ya sea por coerción o por favores, el presidente de la república perdió su capacidad de negociación o chantaje en contra de legisladores de otros partidos para apoyar sus reformas, esto significa que las siguientes dos reformas presidenciales que es la de la Guardia Nacional y la Reforma Electoral es muy probable que no sean avaladas. 

Y tercera, existe una incapacidad por parte del oficialismo y de sus bandas porriles de aceptar la derrota, tan solo con echar un pequeño vistazo a las redes sociales y al lenguaje empleado en estas de los miembros de la autodenominada transformación que están buscando linchar de manera mediática y social a los miembros de la oposición legislativa por su voto en contra de la reforma energética. Se puede apreciar que el enojo presidencial ha permeado en sus seguidores. 

Las primeras dos premisas sin duda tienen preocupado al presidente, la derrota, anunciada desde hace tiempo, pero derrota al fin al cabo se han encajado en la psique presidencial, los malos resultados en materia de seguridad, con la economía como saco de box a punto de caer por los manejos erróneos desde el estado y por el entorno internacional empiezan hacer mella en el bolsillo de los mexicanos que votaron por él. 

El miedo presidencial no es por que se enteren de los malos manejos de su administración, porque ellos lo saben. El miedo en realidad es saber hasta cuando puede tolerar un mexicano que su bolsillo ha sido golpeado y solamente existe un culpable de ello. Es por ello que el pasado domingo era de extrema importancia a diestra y siniestra el presidente ordenó que se volcara todo sobre el asador, ni un solo legislador debía faltar, pero al final no lo logro, lo sabía pero no quería verlo perder esta reforma era perder el sexenio y ni un tren o un aeropuerto iban a hacer olvidar a los mexicanos el día que perdió, el día que se terminó todo.