Luis Leal- Diarios de Cuarentena

Estamos entrando en la última recta del sexenio de Andrés Manuel López Obrador.

El golpe mortal a la Reforma Energética, columna vertebral por años de la autodenominada Cuarta Transformación – propinado por la oposición política en la Cámara de Diputados y ante la negativa de aprobar alguna otra reforma constitucional – ha obligado a acelerar su sucesión política ante la parálisis política que se viene en 2024 por el control de la Silla del Águila.

Ante la falta de voluntad del oficialismo por negociar las tan ambiciosas reformas presidenciales, y de la oposición de escuchar el canto de las sirenas de la Silla del Águila, nos encontramos ante un sexenio en que los únicos logros han sido concretar obras faraónicas de dudoso impacto a la sociedad y a la economía nacional; así como poner el foco en las personas de escasos recursos.

Todo parece indicar que se cerrará como el sexenio más violento, con más pobres, con menos salud pública. 

Al menos un millón de mexicanos han muerto en el México Bárbaro, derivado de la falta de una estrategia integral de seguridad y de justicia.

Sumado a ellos, los miles de fallecidos víctimas de la pandemia de COVID-19 y la precaria atención en el sector de salud pública.

No resulta sorprendente que dentro del oficialismo empiecen a saltar del barco varios personajes que se han sentido traicionados por sus correligionarios, o por las erráticas políticas presidenciales, que se añaden a la disputa por la simpatía presidencial.

Un ejemplo de ello es la fallida dirigencia partidista en Morena a cargo de Mario Delgado y el choque frontal con Citlalli Hernández. Morena está condenado a terminar lleno de tribus, como lo hizo el PRD en la década pasada.

Desafortunadamente, este sexenio cerrará sin pena ni gloria que sumado a la situación internacional acotará significativamente a este gobierno en su capacidad de acción y de atender a la población. Nos tendremos que ir acostumbrando ante el posible conflicto que cierne sobre las tierras europeas.

En resumen, la falta de resultados en economía y el deterioro aún mayor de las condiciones de seguridad, la polarización causada por la sobreexposición presidencial y la disputa política en el Congreso de la Unión, tienen al país en la raya. Las cosas no mejorarán a menos que exista una serie de eventos internos y externos para provocar un cambio radical en materia de política pública.

No obstante, en el camino que andamos, todo parece indicar que será otro fin de sexenio sin pena, ni gloria.