La imagen de Gustavo Petro estrechando la mano de Donald Trump en la Casa Blanca no solo contrasta con el Petro de los discursos duros y los mensajes incendiarios en redes; también revela algo más profundo: el techo estructural de una izquierda progresista que confunde gesto simbólico con transformación real y que, cuando llega al gobierno, termina administrando aquello que decía querer cambiar.
Durante años, Petro construyó una narrativa de confrontación con Estados Unidos que conectó con un malestar extendido en América Latina —muy reconocible también en México—: la experiencia histórica de la dependencia, la subordinación y el trato desigual. Ese discurso tuvo fuerza política y legitimidad social. Pero siempre convivió con una práctica reformista, orientada a corregir el modelo sin tocar sus cimientos. Petro habló como opositor radical; gobierna como gestor responsable del orden existente.
Por eso el problema no es el cambio de tono frente a Trump. El problema es la ilusión previa. La “izquierda” progre suele prometer una ruptura que no está dispuesta —o no está en condiciones— de sostener cuando asume el control del Estado. El paso del tuit desafiante al lenguaje diplomático no es un giro sorpresivo, sino el desenlace previsible de una política que nunca se propuso construir poder material suficiente para confrontar.
Colombia, como México, ocupa un lugar subordinado en la división internacional del trabajo. Su economía, su política de seguridad y su estrategia antidrogas están profundamente entrelazadas con Estados Unidos. En ese contexto, la política exterior no se define por convicciones éticas, sino por relaciones de fuerza. Pretender una confrontación sostenida sin modificar esas condiciones internas es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, una puesta en escena pensada para el consumo doméstico. La izquierda progresista suele esquivar esta discusión. Prefiere hablar de “diplomacia inteligente”, “equilibrios” o “madurez política” antes que reconocer el núcleo del problema: gobierna sin disputar el control de la economía, sin enfrentar a las élites locales y sin construir una base social organizada capaz de sostener un conflicto real. Cuando llega el momento de elegir entre el discurso y la gobernabilidad, el discurso se ajusta.
Desde esta perspectiva, hablar de “capitulación” puede ser impreciso. No porque lo ocurrido sea irrelevante, sino porque el término supone una batalla que nunca se dio en serio. Petro no abandonó una línea radical en el poder; simplemente exhibió los límites de una izquierda que se define más por su estética crítica que por una estrategia real de transformación.
Aquí aparece la discusión que la izquierda suele postergar. Un gobierno auténticamente de izquierda no puede limitarse a ganar elecciones y administrar el Estado heredado. Si pretende cambiar estructuralmente el sistema, debe preocuparse —antes y durante el gobierno— por construir una base popular consciente, organizada y dispuesta a defender el proyecto más allá de las instituciones. Sin pueblo organizado no hay ruptura posible; solo gestión con lenguaje progresista. La historia latinoamericana es clara al respecto: cuando los gobiernos avanzan sin respaldo popular real, el sistema los disciplina; cuando existe organización desde abajo, el margen de maniobra se amplía. No se trata de romanticismo ni de consignas, sino de correlación de fuerzas. Ya Marx dijo que “… el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que derrocarse por medio del poder material, pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas”.
Para quienes observamos este episodio desde México, la lección es tan incómoda como familiar. Llegar al gobierno no equivale a disputar el poder. Sin estrategia de clase, sin confrontación con las élites económicas y sin pueblo organizado, el Estado termina absorbiendo a quienes prometieron transformarlo. El problema no es Petro en sí, sino el ciclo político que representa, que ya mostró sus límites. La pregunta no es qué tan coherentes son los líderes, sino si estamos dispuestos a asumir que llegó el momento de los pueblos conscientes: organizados, críticos y protagonistas, no simples espectadores.
Por: Diana Segovia

