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‘Más reading y menos streaming’, propone José Luis Orihuela en medio del Covid

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En su nuevo libro Culturas Digitales (Ediciones Eunate, Pamplona, 2021), el investigador y analista en comunicación digital José Luis Orihuela plantea un ensayo sobre el impacto de internet -los aparatos tecnológicos y las redes sociales- en un mundo inmerso en una crisis sanitaria por Covid-19.

En la última entrevista publicada por Miguel Ángel Santamarina, en Zenda, una revista literaria digital en lengua española, el escritor José Luis Orihuela (LJO) “aporta una mirada crítica, y sobre todo didáctica, a este gran proceso que ha conectado a los habitantes de todo el mundo a través de unos cables de cobre recubiertos de cobre”.

La entrevista de Miguel Ángel Santamarina no tiene desperdicio:

—Empezamos con una pregunta sencilla. ¿Cómo piensa que habría sido la pandemia del COVID sin Internet?

JLO: Sin internet, la televisión y la radio habrían sido los medios dominantes. Habríamos visto un resurgir de los canales de noticias internacionales de 24 horas y, al mismo tiempo, de las redes de radioaficionados. La coordinación internacional habría sido más difícil y más lenta, la ineficacia de la OMS habría sido mayor y la desorientación de las audiencias menos informadas habría resultado más letal.

—Tenemos más cantidad de información a nuestro alcance que en ningún otro momento de la historia, accedemos a ella de forma más rápida y con una magnitud universal. No hay límite de medios de comunicación ni del volumen de noticias, y sin embargo la opinión parece más polarizada que antes.

JLO: Ocurre que internet, y en particular las redes sociales, son medios que favorecen a los extremos. Las posiciones juiciosas, equilibradas y razonables son percibidas como tibias y desplazadas por las ideologías de confrontación, que se benefician del miedo, la irracionalidad y el choque. La red nos ha devuelto a una fase tribal en la que todos los problemas complejos tienden a plantearse como un enfrentamiento entre ellos y nosotros.

—Frente a la tendencia de llenar las aulas de ordenadores, usted propone enseñar a usar las herramientas digitales y fomentar el modo crítico. ¿En qué consiste la alfabetización digital?

JLO: La alfabetización digital comienza por asumir que la incorporación de tecnologías en una organización no resuelve de modo mágico ningún problema. La historia de las tecnologías educativas se puede resumir con el paradigma “una solución en busca de un problema”. Así es como se pretendió introducir la televisión en las aulas, los ordenadores, las pizarras electrónicas, la red internet y las tabletas. Mientras una tecnología de la información no consigue hacerse permeable en las metodologías de la enseñanza, se la percibe indistintamente como una amenaza o una promesa. Hay que superar el efecto paralizante que produce la perplejidad de lo nuevo y apropiarse de las herramientas para transformar la educación. La alfabetización digital consiste en superar las visiones mágicas y apocalípticas de la tecnología y avanzar —más allá de la adquisición de destrezas operativas en torno a su funcionalidad— hacia los ámbitos de la apropiación crítica, práctica y creativa de las nuevas herramientas.

—En el capítulo de su libro dedicado a la educación escribe: «Más reading y menos streaming«. ¿Cómo podemos transmitir ese alegato a favor de la lectura y del libro a las nuevas generaciones?

JLO: «Más reading y menos streaming» es una provocación que busca, sin desmerecer a la televisión, hacer reflexionar acerca de la necesidad de recuperar tiempos y espacios para consumos culturales que demandan otras capacidades, como la imaginación y la memoria, la abstracción y la reflexión. El fenómeno internacional de un libro tan maravilloso y emocionante como El infinito en un junco, de Irene Vallejo, es un indicio de la existencia de un anhelo global por el libro y la lectura, ante tanta digitalización y navegación sin rumbo.

—¿Deben tener los alumnos móviles en clases y usarlos para su educación? Puede ser un contrasentido que les hablemos a nuestros hijos de la importancia de las herramientas digitales y que les prohibamos o limitemos su uso.

JLO: El capítulo sobre “Educación” es uno de los más extensos del libro, precisamente por la gravedad de los asuntos que están en juego. Si los móviles están demonizados en casa y prohibidos en la escuela, entonces ¿quién se hace cargo de la alfabetización digital de las generaciones hiperconectadas? El miedo ha sido siempre la respuesta a una tecnología que no se comprende o no se controla, porque cuando la tecnología se comprende o se controla deja de ser percibida como tecnología y se convierte en ambiental. El círculo vicioso solo puede romperse con la alfabetización digital de los padres y de los maestros. Algo que, paradójicamente, requiere de la colaboración de los hijos y de los alumnos.

—¿Cómo podemos, padres y educadores, encaminar a nuestros hijos —y cuñados— en la senda del pensamiento crítico?

—Hay una narrativa crítica sobre la tecnología, desde Black Mirror hasta El dilema de las redes, que suele derivar hacia el terreno distópico. Tiene la ventaja de que nos hace pensar y debatir acerca de la hiperconectividad, pero al precio de hacer circular un discurso en el que la tecnología es percibida invariablemente como enemiga de lo humano, una visión que, por otra parte, impregna todo el debate acerca de la robótica autónoma. Un pensamiento crítico que no resulte paralizante debería asumir el carácter irreversible de la digitalización y la conectividad y ayudarnos a reflexionar acerca de los modos en los que la adopción de herramientas como móviles y redes sociales afectan a nuestros hábitos cotidianos, a nuestra conducta y a las relaciones con las personas que nos rodean.

Para continuar con la lectura de la extensa entrevista, visite Zenda.

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